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Jordi Vidal, director comercial de grupo serviall

News/ Opinión

La longevidad debemos mirarla desde el servicio

Redacción 6 de abril de 2026

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Por Jordi Vidal, director

Comercial en Grupo Serviall

Llevamos tiempo hablando de vivir más. Pero tengo la sensación de que estamos hablando poco de cómo se sostiene esa vida.

La longevidad ha entrado de lleno en la agenda del sector asegurador. Se analiza, se proyecta, se modeliza. Hablamos de esperanza de vida, de envejecimiento poblacional y de presión sobre los sistemas. Y todo eso es necesario.

Pero, en mi opinión, estamos dejando fuera una pregunta clave: ¿Qué sistema sostiene realmente esos años de más?

Porque vivir más no es solo una cuestión demográfica. Es, sobre todo, una cuestión operativa.

Durante años, el sector ha construido modelos muy eficientes para proteger momentos concretos: un siniestro, una enfermedad, una situación de dependencia. Eventos claros, medibles y activables. Ahí el seguro funciona muy bien. Pero la longevidad no es un evento. Es una acumulación de situaciones, decisiones y necesidades que se producen a lo largo del tiempo. Y es ahí donde, desde mi punto de vista, empieza a aparecer un desajuste que ya es visible en el negocio asegurador.

Cada vez hay más personas que viven más años, pero también más años tomando decisiones: sobre su salud, su patrimonio, su entorno o su día a día. Decisiones que no siempre activan un seguro, pero que condicionan directamente lo que ocurrirá después. Sin embargo, muchos de los sistemas siguen diseñados para intervenir cuando el problema ya es evidente. Cuando el siniestro ya ha ocurrido. Cuando la situación ya está consolidada. Y aquí es donde, en mi opinión, está el verdadero problema.

No es que haya más problemas. Es que estamos llegando tarde… y eso, en seguros, siempre acaba siendo más caro.

Y eso ya se está empezando a notar en el sector. Más uso de los seguros en fases avanzadas, mayor complejidad en la gestión de los casos, incremento del coste medio en ramos como Salud o Dependencia… En definitiva, más presión sobre la siniestralidad cuando la intervención llega tarde.

Porque la longevidad no solo alarga la vida. Alarga también todo lo que ocurre antes de que aparezca el problema. Un recorrido donde se acumulan señales, pequeños desequilibrios y decisiones que, si no tienen acompañamiento, acaban derivando en situaciones más complejas, más costosas y más difíciles de gestionar.

Pensemos en algo bastante cotidiano. Una persona empieza a necesitar cierta orientación en su día a día. No hablamos de dependencia, ni de una enfermedad grave, ni de un siniestro. Pero ya hay una necesidad. Si en ese momento no existe un sistema de servicio que acompañe, lo que viene después suele ser más complejo. Para la persona, y también para la aseguradora, que intervendrá más tarde, con mayor coste técnico y menor capacidad de anticipación.

Este patrón se repite en muchos ámbitos. En Salud, donde la falta de seguimiento previo agrava situaciones evitables. En el ámbito legal o patrimonial, donde decisiones no acompañadas generan conflictos posteriores. Y en el día a día, donde pequeñas necesidades no atendidas escalan con el tiempo.

Por eso, creo que el problema no es la longevidad. El problema es que los sistemas que la sostienen no han evolucionado al mismo ritmo. Y esto, desde mi punto de vista, introduce una reflexión incómoda para el sector: El modelo asegurador es muy eficiente cuando el problema ya existe.  Pero sigue siendo poco eficiente evitando que ese problema llegue tarde… y sea más caro.

Aquí es donde el concepto de servicio deja de ser algo accesorio. Pasa a ser infraestructura. La base que permite que esa vida más larga sea viable, también desde el punto de vista asegurador. Mirar la longevidad desde el servicio implica, en mi opinión, un cambio claro de enfoque: pasar de reaccionar a anticipar, de intervenir a acompañar, de cubrir momentos a sostener procesos.

Para el sector asegurador, esto supone evolucionar desde modelos centrados en el evento hacia modelos capaces de acompañar al cliente a lo largo del tiempo. Porque el valor ya no se genera únicamente cuando ocurre algo. Se genera, cada vez más, en todo lo que evita que ese algo ocurra de forma más compleja, más costosa y menos controlable.

Y esto no va de añadir servicios de forma aislada. Va de diseño. De construir sistemas capaces de conectar necesidades que hoy aparecen de forma fragmentada y que, si no se abordan a tiempo, terminan impactando directamente en la siniestralidad, en el coste técnico y en la eficiencia del negocio.

Porque cuando la vida se alarga, pero el servicio no se rediseña, lo que crece no es solo la oportunidad. Crece también el coste de llegar tarde.

Por eso, creo que la longevidad no debería analizarse solo desde la esperanza de vida o desde la siniestralidad. Debería analizarse desde algo más estructural: la capacidad del sistema para acompañar a las personas a lo largo del tiempo.

Porque en este nuevo escenario, la ventaja competitiva no estará solo en quién cubre mejor el riesgo. Estará en quién evita que ese riesgo llegue cuando ya es caro.

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