Justicia ‘salomédica’
Por Conrado Núñez, CEO de Triple A Plus
Quizá no exista otra especialidad de la Responsabilidad Civil que haya estado más en el candelero estos últimos meses que la sanitaria. A una situación ya de por sí convulsa e inestable en los últimos años —incremento sustancial de las cuantías del último baremo de tráfico, abandono del aseguramiento de los servicios públicos de salud por parte de algunas compañías, concursos desiertos…— se ha unido un hecho sin precedentes en las últimas décadas. La Covid-19 ha infundido de incertidumbre y, por qué no decirlo, de miedo, a la toma de decisiones de las entidades respecto a una emergencia sanitaria mundial.
Ante unas previsiones poco halagüeñas, muchas aseguradoras han optado por cubrirse las espaldas en lo posible. Las primas se han incrementado; decisión impopular pero necesaria si su objetivo es mantener (o incluso aumentar) la seguridad del profesional sanitario, no solo con resortes reactivos, como las garantías del propio seguro, sino también activos, como la formación legal aplicada a la profesión médica.
Esto no resulta novedoso, ni para el sector ni incluso para los propios profesionales, sin embargo, lo que sí nos retrotrae a épocas más arcaicas e incide de manera muy negativa en la evolución del aseguramiento del profesional sanitario, un recorrido de más de 50 años, es la exclusión de coberturas. Pasamos de decisión impopular a decisión equivocada.
Las compañías, las reaseguradoras, las corredurías o las agencias de suscripción, como entidades, están preparadas para afrontar situaciones inesperadas —hasta cierto punto— a través de estos mecanismos, pero, ¿y las personas? ¿Las personas están preparadas para algo así?
¿Y las personas que tratan con personas?
¿Y las que tratan con la vida de otras?
Sí, el profesional sanitario percibe la crisis que se ha generado a causa de esta pandemia en todos los estratos y sectores de la sociedad, y, como no podía ser de otra manera, en el suyo también pero, una cosa es percibir y otra muy distinta es evitar que sus consecuencias le afecten.
El médico percibe inestabilidad, percibe peligro, percibe inseguridad, sentimientos que carga en su mochila emocional y transporta a su casa, a la consulta y a la mesa de operaciones.
El éxito está en su mano, pero también en su cabeza, y si en su cabeza ronda otra cosa que no sea la salud del paciente y el éxito de la intervención, y no solo otra cosa, sino la contraria, estamos fracasando como sector. Incluso podremos notar sus consecuencias como pacientes.
El médico puede contar con el mejor producto del mercado, pero si no lo sabe, solo puede ocurrir una cosa para que eso cambie: que tenga un problema, tenga que utilizarlo y solo así pueda comprobar su eficacia.
En la responsabilidad civil sanitaria no buscamos eso. Buscamos que el médico tenga la certeza de que, pase lo que pase, cuenta con una protección tal que le permita olvidarse de que cabe la posibilidad de cometer un error, incluso si jamás ocurre en toda su carrera.
Ese éxito quizás no pueda conseguirse buscándolo; es como el respeto, no puede imponerse, tiene que ganarse. Quizás va más allá de la excelencia en la gestión, del trato humano, de moldear un producto excelente, quizás sea un compendio de todas ellas, las cuales, mantenidas en el tiempo, generen por sí solas en el médico la percepción de tranquilidad, algo que no puede fabricarse, venderse ni comprarse, pero que todas las entidades del sector seguros, sanitario, en este caso, perseguimos con afán y ahínco.


