De la atención sanitaria a la atención vital: el modelo sociosanitario que viene
Por Javier San Galo, director general de Dentycard – DSalus
Durante décadas, el sistema asegurador ha pivotado sobre una lógica sólida pero centrada: la cobertura frente al acontecimiento. Enfermedad, ingreso, intervención. El marco era claro, el modelo eficiente. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a consolidarse un cambio de paradigma que ya no puede interpretarse como una tendencia lateral, sino como un desplazamiento estructural del centro de gravedad del cuidado.
La atención sociosanitaria está dejando de ser una extensión del sistema para convertirse en su fundamento. Y no se trata simplemente de una ampliación de servicios o del despliegue de dispositivos en el hogar. Es una nueva forma de entender qué significa cuidar, y sobre todo, de quién partimos cuando diseñamos el modelo: de la persona y su entorno, no del acto médico.
La evolución demográfica en España no admite interpretaciones ambiguas. Según datos del Imserso, más de 1,64 millones de personas cuentan con reconocimiento oficial de dependencia. La cobertura pública de ayuda a domicilio alcanza apenas a 5,5 personas por cada 100 mayores de 65 años, y la teleasistencia —pese a los avances— sólo llega al 11,13 % de ese mismo grupo. El resto, lo cubre la familia, cuando puede. O el vacío, cuando no.
Es en ese intersticio donde emerge el valor real de un modelo asegurador que entienda la atención domiciliaria no como una prestación anecdótica, sino como la plataforma desde la cual se articula la protección de la autonomía, la continuidad del cuidado y la dignidad de la vida en los años finales. Porque ahí es donde ocurre lo esencial: en el domicilio, en la rutina, en la pequeña alerta que evita una gran caída, en la llamada a tiempo que sustituye al ingreso innecesario.
En paralelo, el mercado responde. En 2022, el volumen de negocio en servicios de atención domiciliaria y teleasistencia en España superó los 2.240 millones de euros, con un crecimiento medio anual superior al 7 %. Lejos de saturarse, esta curva evidencia una demanda latente y progresiva, sostenida tanto por la evolución demográfica como por el agotamiento del modelo hospitalocéntrico.
Pero más allá del volumen económico, lo significativo es el impacto cultural. Porque lo que está en juego no es sólo un sector emergente, sino una nueva ética del cuidado. Un modo de mirar a la persona mayor no como un conjunto de riesgos a cubrir, sino como un sujeto con deseos, entorno, historia y necesidades cotidianas que desbordan la lógica del diagnóstico.
La tecnología, en este proceso, no es un adorno. Es la arquitectura silenciosa sobre la que se levanta esta atención vital. Sensores que permiten anticipar comportamientos anómalos, plataformas que facilitan la coordinación con cuidadores, sistemas predictivos que detectan signos de deterioro antes de que se manifiesten clínicamente. Todo ello, bien integrado, permite escalar el cuidado sin perder cercanía. Automatizar sin deshumanizar.
Y si bien los dispositivos permiten eficiencia, el verdadero diferencial lo marca la experiencia. Porque la persona mayor no se vincula con una marca, sino con quien le hace sentir acompañado. Es ahí donde la teleasistencia evoluciona: de respuesta de emergencia a presencia continua. De tecnología reactiva a acompañamiento proactivo. De función técnica a relación emocional.
Todo esto obliga a revisar no sólo el qué, sino el cómo y el para quién. Porque las soluciones ya no pueden ser estándar. Necesitan adaptarse al ritmo vital de cada persona, al grado de autonomía, a su entorno físico y emocional. Y requieren también un nuevo lenguaje: menos clínico, más humano. Menos jerga técnica, más escucha real.
Este tránsito no será homogéneo. Habrá quien siga anclado en el modelo tradicional. Quien vea la atención sociosanitaria como un “añadido”. Pero lo cierto es que, mientras tanto, se está configurando un nuevo ecosistema de cuidado que integrará servicios, datos, tecnología y experiencia en una misma propuesta continua. Y quien lo entienda a tiempo, no solo liderará una transformación estratégica. Estará definiendo cómo queremos envejecer como sociedad.
Porque cuidar no es una prestación. Es una forma de estar. Y en esa presencia —silenciosa, constante, empática— es donde se juega la relevancia del seguro que viene.

